Y yo me pregunto, ¿en verdad somos capaces de anteponer lo moralmente correcto al legado artístico? No, esto no debería ser así. Los escritores, al igual que todos los seres humanos, no son perfectos. Algunos se acercan más a lo repudiable que otros pero, si somos capaces de rechazar sus obras solo porque llevasen una vida estrambótica e inmoral, en ese caso somos nosotros los que caeríamos en el mismo defecto.
En mi opinión, un autor debe ser juzgado exclusivamente por la calidad de sus obras y por su talento. No nos corresponde a nosotros invadir su libertad ni su esfera personal. No se trata de perdonar su comportamiento y mucho menos de aceptarlo pero sí se trata de reconocer el valor de su creación artística.
Del mismo modo la creación artística surge de una personalidad con todos sus valores, capacidades y conocimientos luego, difícilmente, podríamos aislar la obra de su propio creador. La obra es una proyección de los rasgos inherentes a la persona y existe un vínculo entre ambos.
Por último no está de más recordar a grandes genios de la literatura como Francisco de Quevedo. Su carácter misógino, antisemita y racista influyó en sus obras. Él era una mala persona pero sin duda, era tan mal bicho como buen poeta.
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